Relato en primera persona

Me llamo Marina, tengo treinta y cinco años, desde que nací tengo espina bífida e hidrocefalia. Esto hace que mi deambulación sea en silla de ruedas eléctrica, debido a esta malformación también tengo problemas de incontinencia. 

Además desde hace más o menos dieciséis padezco problemas de Salud Mental.

La primera vez que yo le dije a mi psiquiatra que habia tenido pensamientos de suicidio me tomo por loca. Como si yo le estuviera contando un chiste o me estuviese quedando con él. Tuvo que pasar mucho tiempo, quizás demasiado para que una psicóloga me tomase en cuenta y por fin lo pusiese en un informe, pero desgraciadamente esa profesional no era de la Seguridad Social, pero por fin estaba escrito por alguien que me conocía demasiado bien, ahora solo faltaba que un médico de la Seguridad Social, me creyera, pero no solo sobre eso, también alguien que tomara en serio mis trastornos de la alimentación, que les diese nombre por fin, algo que hasta el momento nadie ha sido capaz de hacerlo, nada más que una persona, y no estoy muy segura de quien fue.

En ajustarme la medicación tardaron años, porque mi primer psiquiatra me tenía con una dosis de bajísima, por lo que a la mínima me pegaba un atracón de comida o me iba de compras a lo grande.

Decidí cambiarme de médico y parece que por fin este me tomó un poco en serio cuando le conté todo lo que sentía. Algunas decisiones que tomo no me gustaron mucho, pero ahora después de un tiempo se que fueron por mi bien.

Como mi vida nunca ha sido fácil, de repente me salieron piedras en los riñones, en un uréter y en la vejiga y más tarde me salieron escaras, así que tuve que priorizar que curarme primero.

Mi prioridad siempre fueron las piedras, ya que eran lo que más lata me daban, y mientras que yo trataba de cambiarme de un urólogo a otro, osea estaba sin medico aqui en madrid, solo en Parapléjicos, de repente vino una pandemia, que nos dejó a todos en casa y a mi sin poder ir a Toledo durante mucho tiempo. Pero no solo eso, si no que la presidenta de la comunidad cerró las listas para acceder a especialistas nuevos, por lo que ni podía ir a urología ni a digestivo, para poder saber el motivo de mis problemas de estómago.

No recuerdo lo que duró eso, pero cuando por fin se soluciono y pude ir a los médicos, me diagnosticaron intolerancia a la lactosa y al gluten, por lo que al poner remedio a esto se soluciono todo.

Lo que más estaba tardando en normalizarse es el tema de las piedras, ya que siempre estaban dando guerra y dándome cólicos cada vez peores.

De hecho en marzo del dos mil veintiuno  se me volvió a quedar una piedra en un uréter y me volvieron a poner una nefrostomía en el riñón izquierdo, que aun a día de hoy sigo con ella. En todo este tiempo que he dejado de lado mi Salud Mental médicamente, la verdad es que ha sido muy duro, quizás demasiado, porque he perdido los nervios en demasiadas ocasiones, haciendo daño a la gente que más quiero. Cuando me iba a pasar de frenada o ya me había pasado y me sentía culpable siempre tenía a mi gran amiga Cuca para bajarme los decibelios.

Ella es la única que siempre consigue razonar conmigo y hacerme ver que las cosas no son blancas o negras, sino también grises.

Tuve que ir un par de veces a urgencias porque el dolor de las escaras ya era insoportable y mezclado con el de las infecciones, psicológicamente estaba que no podia mas y una de ellas me negaron hablar con un psiquiatra como iba mas o menos tranquila porque me había tomado un lorazepam para no liarla pues me dijeron que estaba bien. Así que a la siguiente que me mandaron a urgencias sin haber ido yo, porque fui mandada por un medíco, me dio un ataque de desesperación y ahí sí fue cuando vi a un psiquiatra y también me explico como hacer para empezar a ir de nuevo a revisiones.

Al final los dolores de las escaras por la insistencia de mi madre me acabaron venciendo y terminé yendo a parapléjicos, y nada más verme el cirujano plástico me dijo que a operar. Casi me muero. Mi vida se había acabado. Tenía que dejar todo y meterme en la cama por tiempo indefinido. 

La poca vida social que tenía a la mierda se iba. Me dijeron que en cuanto diesen el alta a una chica me ingresaban, pero que tenía que pasar las navidades allí, lo tuve que rechazar porque supuestamente me iban a operar antes de navidad para quitarme las piedras, así que llevo en la cama desde el veinte de noviembre y no me llaman ni de lo uno ni de lo otro.

Por suerte está siendo más fácil de lo que yo pensaba. La gente casi no viene a verme, unos porque les da miedo contagiarme del virus y otros porque simplemente no les da la gana. En cuanto a llamarme o escribirme, pues igual, se acuerdan de mi contadas personas, y es en estas ocasiones cuando te das cuenta con quien puedes contar realmente. Y creedme que no te sueles confundir mucho, porque siempre suelen ser los mismos. 

Mis días suelen ser siempre igual, levantarme dos horas por la mañana a mi silla de ruedas, dos horas a mediodía y dos por la noche, excepto los sábados, domingos y festivos que solo me levanto a mediodía y por la noche.

El resto del tiempo lo paso en mi cama, por la mañana de lado mirando a la pared y por la tarde depende o mirando para la estantería u otra vez a la pared. Según si quiero hacer algo o no.

Suelo estar escuchando música, escribiendo para el blog o algún concurso o con el whatsapp.

No me suele apetecer salir a la calle, así que solo salgo para los médicos. Y asi hasta que decidan llamarme para operarme que por fin poco a poco podre volver a sentarme y a plantearme mi nueva vida.

(Relato realizado para el curso escribir la enfermedad)

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