Una misa atropellada

Jesus, un simpático anciano de 70 años, se levantó esa mañana pensando que sería un día normal, pero el destino le tenía preparada otra cosa completamente diferente.

Dicen que el día de la mala suerte es el martes trece, y no tampoco era martes trece, pero para él y su mujer el día vendría cargado de desgracias, porque como dicen las desgracias no vienen solas.

Se estaba preparando junto a su mujer Asunción para ir a escuchar misa a los Jerónimos como cada domingo.Como su mujer tardaba, Jesús decidió bajar al quiosco de su amigo Manolo a quién le llevaba comprando el periódico en la esquina de su calle durante años, a por la prensa del día y a por la revista de cotilleos correspondiente para su mujer.

—Chon, me voy a ver a Manolo mientras que tú terminas de arreglarte, pero date prisa o no llegaremos.

—Está bien, acuérdate de mí revista por favor. Y no te preocupes querido que en menos de lo que tú crees estaremos camino de misa.

—Eso espero. O si no me iré solo.

Asunción le miró con cara de pocos amigos pero no le hizo mucho caso y siguió a sus quehaceres matutinos. Cuando Jesús llegó al portal se encontró con Antonio, el portero, que estaba como cada mañana dejando reluciente el portal.

—Buenos días don Jesús, ¿ha descansado bien?¿ Cómo se presenta el día hoy?

—Buenos días Antonio, veo que ya está dejándonos el portal reluciente como todos los días. Por suerte si descanse bien, ahora voy al quiosco de Manolo mientras espero a la mujer, que se tira mil horas para arreglarse para ir a misa, no sé qué razón habrá.

—Ya sabes, mujeres.

—Ahora nos vemos

Antonio levantó la mano en señal de despido y siguió con su tarea. Jesús giró hacia su derecha calle abajo camino del kiosco canturreando alegre el himno de su pueblo Carrión de los Condes. De repente escucho un golpe fuerte metálico justo delante de dónde él estaba e inmediatamente a una mujer gritar:

—¡Cuidado!¡Cuidado!

Jesús se paró en seco, sin saber lo que pasaba, y cuando ya llevaba un rato mirando fue consciente de que le habían caído justo delante unas tijeras de costura con una punta super puntiaguda. Lo que no sabía muy bien es la procedencia de aquel objeto, pero cuando miro para arriba ya tuvo muy claro que eran de aquella señora que estaba asomada a la ventana con las manos en la cabeza que seguía gritando cómo una loca.

—¿Señora, cuidado de que tengo que tener? La que tiene que tener cuidado es usted de dónde dejan las tijeras, qué por poco me las clava en la cabeza.

—¿Sería usted tan amable de subirlas por favor? Así le explicó cómo se me han caído y entiende mejor qué ha sido un descuido.

—Pues mire llevo prisa, así que baje usted misma a por ellas y tenga cuidado no vaya a ser que en el camino se le galgo por la escalera y desgracia a otro pobre como yo. Que tenga un buen día.

Jesús continuó su camino y justo cuando le estaba dando los buenos días a Manolo e iba a pedirle el periódico y la revista apareció Asunción mirándole con cara de asombro.

—¿Pero qué haces aquí todavía, y sin pedir el periódico ni la revista?

—Es que he tenido un pequeño inconveniente, y por eso me ha hecho retrasarme. Te lo cuento de camino a la Iglesia.

La pareja pagó a Manolo y rápidamente se fue camino a la Iglesia. El recorrido hasta allí transcurrió sin ningún inconveniente, excepto que tuvieron que correr un poco debido a que de repente se puso a llover, por suerte Asunción se dio cuenta de que podía suceder eso y cogió un paraguas antes de salir. Se dispusieron a colocarse en la parte de arriba de la Iglesia para escuchar mejor, como lo hacían cada día, dejando su paraguas apoyado en la barandilla que tenían delante. En pocos minutos dio comienzo la misa, todo iba bien, pero mientras entonaban Eucaristía Milagro de Amor, nadie imaginaba que unos pocos feligreses recibirán una hostia pero no consagrada antes de tiempo,y es qué un tremendo golpe sonó desde dónde estaban Asunción y Jesús. El motivo no era otro qué su paraguas se había resbalado desde la barandilla en la que lo habían colgado, y cayó a plomo hasta la planta de abajo, causando el terror de los feligreses que escuchaba la misa allí.

Jesús y Asunción, más asustados que otra cosa, sin saber que hacer, pensando que podían haber matado a alguien, no se les ocurrió otra cosa que salir corriendo, menos mal qué afortunadamente a pesar de su edad aún estaban ágiles y en menos de lo que canta un gallo lograron llegar a su casa, eso sí con el susto metido en el cuerpo y que todo quedase como una anécdota qué poder contar el día de mañana a sus hijos y sus nietos. Eso sí, esperemos que a los feligreses a los que le cayó el paraguas no les pasase nada porque sino creo que esto no se habrá quedado en una buena anécdota para contar a sus hijos y sus nietos.

Dedicado a mis abuelos Jesús y Asunción.