Un cambio de vida radical

Soy Marina. Siempre he escuchado hablar de las escaras y hace año y seis meses me empezaron a salir, al principio eran controlables, pero luego ya no. En marzo de dos mil veinte apareció el Covid19, un bicho muy contagioso. 

Tenía cada vez más dolores, así que decidí ir al medico para que me las viesen, mis piedras volvieron en marzo de dos mil veintiuno y tuve que ingresar.

El ingreso era urológico pero también preocupaban mis escaras, así que llamaron a la enfermera que se encargaba de ello. Solicitó el traslado al ambulatorio de mi barrio, pues aún seguía donde vivía antes y  empezó a venir una enfermera a mi casa. Celia es un encanto, hace todo lo que puede para que mejore.

Me ha insistido en que fuera a Parapléjicos para ver a un cirujano plástico y me ha recomendado otras clínicas para consulta, pero me ha dado miedo ir por el Covid. No tenía ganas ni de salir a la calle, pisar un desperfecto con la silla me daba pavor. 

Un día Celia me dijo:

—Marina, me caben dos dedos  de profundidad en tu herida, cada vez está peor. Tienes que ir al cirujano plástico porque yo poco más puedo hacer. Necesita algo más que unos parches. Sé que te da miedo porque sabes que te van a decir lo que no quieres oír, pero mientras estés cargando peso sobre las heridas no podemos hacer nada.

Empecé a llorar, y entre sollozos dije:

—No quiero tumbarme, si me tumbais será mi fin. Prefiero aguantar a tener que llegar a eso.

Ya sabía que ese final no estaba lejos, pero dentro de mis pocas posibilidades trataba de hacer todo lo que nunca había hecho, rodearme de la gente que más quería y vivir la vida al máximo, aunque eso implicara que había que gastar un poco de dinero para llegar hasta allí porque solo se vive una vez y hay que aprovecharlo.

Al final ni siquiera salía a la calle, los dolores eran muy fuertes y mi economía se empezó a resentir. Caí en una depresión más grande de lo que ya tenía y varias veces tuve que ir a urgencias por los dolores de las escaras y solicité hablar con un psiquiatra, cosa que  me negaron.

En septiembre exploté. Me armé de valor, llamé al Hospital de Parapléjicos y pedí cita con el cirujano plástico. La cita llegó para noviembre. Tenía que esperar dos largos meses, pero los viví intensamente aunque con mucho dolor, que contrarrestaba con la droga más fuerte que podía. 

El día llegó a mi pesar y tuve que escuchar lo que ya sabía: me iba a la cama. También me dijo el médico que me tenían que operar, pero estaba pendiente de otra cirugía prevista para antes de Navidad, así que esta quedó pospuesta para enero. Llegó Navidad, pero no la operación prevista. Por culpa de la pandemia los quirófanos no funcionan al cien por cien y los enfermos crónicos estamos en un segundo plano por la urgencia del covid.

En la revisión anual de Parapléjicos hablé con el cirujano plástico y me dijo que la operación sería como muy pronto en verano, si no dentro de un año. El motivo es que hay más camas de hombres que de mujeres. Me pareció una respuesta machista, pero no supe qué contestar.  

Estar en la cama está siendo mejor de lo que pensaba. He asumido que no va a venir casi nadie a verme por el Covid, también he comprobado que no existo para mi abuela y mis tías. Ni siquiera son capaces de coger el teléfono para  ver cómo estoy. Quizá aparezcan cuando ingrese en Toledo, pero con un poco de suerte las heridas se cerrarán solas antes de que me llamen. Ellas se ahorrarán el viaje y yo me libraré de gente que no merece la pena.

Me han comprado una tablet. Tardo en escribir con ella, pero  intento no dejar de hacerlo porque sé que es lo único que me mantiene viva por dentro y por fuera. Esto no va a acabar conmigo porque como dice Pablo López aún me queda por pasar la mejor noche de mi vida.

(Relato realizado en el curso escribir la enfermedad)

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